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Venerable Doctor José Gregorio Hernández - Aquí Venezuela
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Venerable Doctor José Gregorio Hernández

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Doral.- Los venezolanos debemos unirnos en oración en pos de la beatificación del Doctor José Gregorio Hernández. Nació el 26 de octubre de 1864, en Isnotú, un pintoresco pueblito del estado Trujillo, en los Andes de Venezuela (Occidente).

Los que lo conocieron lo recuerdan como un hombre menudito de ojos y bigotes negros, siempre vestido de traje, corbata y sombrero.

Era el mayor de seis hermanos, hijo de Josefa Antonia Cisneros, española, y Benigno María Hernández, colombiano, dueño de una tienda de abarrotes y boticario del pueblo, del que sin duda alguna heredó su desprendimiento y bondad. José Gregorio creció en medio de este hogar cristiano.

Se despertaba todos los días con el canto de los pájaros y el toque de las campanas de una capilla cercana. Su madre lo ponía a rezar el Ángelus y le inculcaba la devoción por la Virgen María: “Cada mañana ofrece a Dios todo tu día. Nunca te acuestes sin haber rezado el Padre Nuestro y el Ave María”. Su madre murió cuando él apenas cumplía nueve años.

Fue, lo que se puede catalogar, un alumno brillante, ganador de premios, apasionado de la música y la lectura. Desde muy pequeño demostró su interés y facilidad para aprender idiomas, llegando a hablar con fluidez y seguridad francés, inglés, alemán, portugués, italiano y alcanzó perfecto dominio del latín.

Este futuro médico y científico venezolano quería, cuando muchacho, estudiar Derecho, pero su papá lo convenció de que estudiara Medicina y logró enviarlo a Caracas a realizar el bachillerato en el Colegio Villegas, de donde pasó a la Universidad Central de Venezuela, graduándose a los 17 años de edad con el aprecio y cariño de todos, aprobado y sobresaliente por unanimidad como Doctor en Medicina.

Becado por el gobierno venezolano, se traslada a París para especializarse y allí, en Francia, no pierde tiempo, estudia, trabaja, investiga en áreas tan arduas como la Microbiología, Patología, Bacteriología y Fisiología Experimental, destacándose de tal manera que obtiene otra beca para profundizar y ampliar sus conocimientos en Berlín, Alemania. Por su honestidad y sabiduría lo comisionan para traer valiosos equipos médicos para el Hospital Vargas y tiene el mérito de instalar y enseñar con el primer Microscopio en Venezuela.

Lo nombran entonces profesor en la Universidad Central de Venezuela, pero su labor docente la interrumpe cuando decide hacerse religioso y entra al Monasterio de la Orden de San Bruno en La Cartuja de Farneta en Italia, en 1908, de donde regresa enfermo a Caracas.

Insiste en ingresar al Monasterio y toma el nombre de Hermano Marcelo, pero no soporta el rigor de esa vida. Enferma gravemente y regresa nuevamente a Venezuela, donde lo aceptan en el Seminario Santa Rosa de Lima.

José Gregorio Hernández modernizó la Medicina en Venezuela y es el fundador de la Escuela de Medicina de la UCV. Fue autor de 13 Ensayos Científicos sobre diversas patologías, como por ejemplo: Tuberculosis, Neumonía y Fiebre Amarilla.

Ferviente creyente, nunca ocupó cargos en la Iglesia Católica, pero se dedicó a atender con infinito amor a los que menos tenían, identificándose con el dulce y manso San Francisco de Asís, sirviendo a Cristo a través de sus humildes pacientes, a cualquier hora y lugar, de noche, de día, con lluvia, calor o frío. Dio todo por los pobres. Era un verdadero “misionero de la esperanza”.

José Gregorio Hernández, “El Siervo de Dios”, había comentado alegremente el día en el que se había firmado el tratado de paz para terminar con la Primera Guerra Mundial: “Ofrecí a Dios mi vida en holocausto por la paz del mundo. Ahora sé que voy a morir pronto”, profetizó.

Cuando, cumpliendo con otro acto de caridad, se dirigía a atender a una pobre anciana enferma y doliente, saliendo de la Farmacia Amadores, en La Pastora, popular barrio de Caracas, a la que había entrado en busca de medicinas, cruzando frente a un tranvía estacionado, fue arrollado por un carro (29 de junio de 1919), que lo impactó trágica y mortalmente. Solo se le escuchó decir: “¡Virgen Santísima!”.


Antonio Madrigal

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