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¡No volveré! - Aquí Venezuela
Sur de Florida -

¡No volveré!

manuelcorao

 

Antonio Madrigal

 


Una de estas noches llegué a un bar-restaurant de moda en Miami. Había mucha gente disfrutando: bailaban, cantaban, tomaban y comían. Apenas al entrar alguien me gritó para que escuchara: ¡Ahí hay un grupo de amigos tuyos… los de la mesa grande! Me acerqué y nos saludamos muy cortésmente. Dado el afecto que les tengo, me senté, aunque no me invitaron,  pero me ubiqué, y les entregué varios folletos que versan sobre los hispanos en USA. Claro,  no era el momento para leer  en medio de una rumba encendida que se vivía intensamente en el concurrido lugar.

Uno de los presentes tomó una pequeña linterna y comenzó a leerlo muy detenidamente, otro ubicado de espaldas a la pared miró el titular, lo dobló  y comentó que lo leería al llegar a su casa.  Una pareja se interesó en darle un vistazo, mientras dos personas más ubicadas también en la mesa asumieron una aptitud como de “gallina que mira sal”, claro, tenían razón, porque con aquel fiestón a las 12 de la medianoche,  con ambiente de baja luz, leer resulta atípico.

Aproximadamente a los cinco minutos de haber llegado,  un señor  se acercó y me dijo en claro español: “Esa silla obstaculiza el tránsito de personas”. Nos arrimamos y nos ubicamos correctamente; pero otro mesonero me dijo que la silla estaba ocupada. En ese instante percibí que mi presencia no era grata, lo que llamó la atención de uno de mis amigos, que me dijo: “Tómate un trago y olvida”. En efecto, llamamos a una de las personas que atendían y le pedimos un vino.

Transcurrió el tiempo y  nada de vino. Temas y temas musicales  ligados con volumen ensordecedor en tremenda rumba,  y  nada de vino. Mientras tanto uno de los ocupantes de la mesa ordenó para él y sus amigos,  y se lo llevaron  más rápido de lo que “canta un gallo”. Volvimos a pedir el vino, pasaron 30 minutos y no llegó.  Sentí ira pero controlé mis impulsos, optando por retirarme.

Me gustaría pensar que fue producto de la casualidad, que  son cosas de empleados que entendieron que yo estaba asomado, que no debía estar ahí porque no era invitado del grupo, o porque la silla si estorbaba en la “esquinita”.

Son muchas las interrogantes que me vienen a la mente, pero de cualquier forma no volveré a ese lugar que deslumbra e impacta por su peculiar estilo y  singular decoración, donde los hispanos con o sin “papeles” convergen por distracción.

Mi caso es aislado y lo asumo de manera individual, no lo relato en  sentido general, pero es preciso enfatizar una costumbre que  caracterizó por siglos a muchas sociedades en el mundo, y que hoy  se cree erradicada, aunque aparece como “centella” en lugares específicos. Me refiero a la exclusión o discriminación de razas o de clase social. Aunque a todas estas, no sé si fue por mi tez, por entrometido o por latino buscador de buena vida.

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